exposición
José Antonio Troya / Zas!
del 28 de febrero al 5 de abril de 2008
 

"Nunca he podido pensar ni una sola frase en mi taller.
Siempre escribo mientras paseo."

Robert Walser

 

El autor suizo que asoma en la cita preliminar es un buen ejemplo de cómo un encuentro casual, una anécdota rutinaria o un pequeño acontecimiento sufren una mágica mutación, a ojos del creador-observador, y son el trampolín de salto de esquí para la futura producción de una obra. Ese breve momento reporta al artista una sensación sólo comparable a la que el personaje borgiano Carlos Argentino Danieri tuvo cuando se encontró un aleph (un punto donde están todos los puntos del universo) en el sótano de su casa.

Se ha dado en llamar esta experiencia, de forma bastante desafortunada, "inspiración", aunque suene torpemente a mecánica anatómica respiratoria. Algunos, como Picasso, la ningunean convirtiéndola en un poético eufemismo de "trabajo" (Es mejor que te coja la inspiración con el pincel en la mano) y otros, como Hitchcock, con su pomposa e irónica humildad, la prefieren al engorroso hecho físico de realizar la obra en sí (El rodaje de una película no tiene para mí ningún interés).

José Antonio Troya va más allá de ese concepto y esa discusión, saca de su zurrón un abanico de propuestas, tanto a nivel formal como conceptual sobre el hecho creativo desde su principio. En primer lugar vemos la serie de fotografías manipuladas, oscuras instantáneas a las que se superpone un dibujo articulado por un enjambre de puntos blancos. Su onomatopéyico título (Zzzas!), casi homónimo al de la propia exposición, evoca un despertar súbito, donde la imagen imprecisa creada por la red de puntos rompe el silencio del paisaje aún dormido.

Por otro lado nos presenta la serie "Stalker" (como el film de Tarkovski), una numerosa colección de dibujos a bolígrafo inéditos producidos en los últimos diez años. Son breves registros de ideas surgidas durante el proceso de ejecución de los mismos y que, a partir de su plasmación, pueden devenir obras más elaboradas. El conjunto forma una especie de campo por donde pasamos salpicado de pequeños fragmentos de pensamiento.

Completan la muestra tres obras de gran formato, sobre poliéster o telas diversas, donde el autor desarrolla su particular iconografía personal, muchas veces fruto y consecuencia de su trabajo de dibujo, que, sea cual sea su grado de sofisticación en la factura, siempre conserva la luz fresca de ese momento primigenio. Una luminosidad extrañamente bella, como la cegadora y famosa fotografía de Walser, que yace muerto sobre la nieve, tras el rastro de sus últimos pasos.