exposición
Agustín Fructuoso / Mont Ventoux 1336-1964 (Homenatge a Tom Simpson) Paisatges
del 13 de noviembre al 13 de diciembre de 2008
 
 

"Mi amigo Bernard Fabvré, el escultor, me ha contado, en más de una ocasión, una historia que nunca sabré a ciencia cierta si es una anécdota auténtica, enriquecida con convincentes detalles literarios, o un cuento hábilmente disfrazado con hechos y pertrechos reales. Sea una cosa u otra, dicho relato, a copia de contarlo, ha alcanzado una destilada perfección. Bernard, excelente fabulador de sobremesas, deleita con ella a sus ocasionales contertulios con estudiada frecuencia.

El protagonista de la historia es su tío-abuelo Roland Fabvré, reconocido cronista fotográfico comarcal, a la vez que más que notable acuarelista amateur . Como suele suceder en este tipo de relaciones de parentesco, el inevitable y lánguido atardecer de uno coincidía con el volcánico despertar al mundo del otro. Roland había procurado envejecer sabiamente, esto es, echando mano más del sentido del humor que de la resignación. Incluso ante la pérdida que más dolor le causaba entre todas, la de otro sentido, el de la vista, había respondido valientemente. Bautizó a la que era su nueva gata, en honor a sus tupidas cataratas, "Niágara".

En una de las presumiblemente penúltimas visitas del sobrino a su tío, éste le pidió un íntimo y final deseo: subir al Mont Ventoux. El anciano quería experimentar lo mismo que sintió   Petrarca ese 26 de abril de 1336. Hacerlo además con idéntico propósito: por placer. Pero no podía disimular, fetichista como todos los artistas, otro goce aún mayor: ser partícipe de un mito, el del inicio del paisajismo moderno. La flamante adquisición del primer coche de segunda mano por parte del joven invitaba a cumplir celosamente tan poética solicitud.

La mañana del 16 de abril de 1965, el Renault 4 rojo serpenteaba por la carretera del puerto tan dificultosamente como dos años más tarde lo haría un mítico ciclista británico, empujado a su desértico destino por una mezcla de anfetaminas y cognac. El novel conductor maniobraba con más precaución de la aconsejable: temía que la espesa niebla, que había caído súbitamente sobre la cima descarnada de la montaña, quebrase injustamente el encanto de ese esperado momento. Confiando en la precariedad oftálmica de tío Roland, se abstuvo de hacer comentario alguno al acompañarlo ceremoniosamente al hasta el borde del mirador. El abuelo contempló largamente el abismo de tinieblas, cerró los ojos con voluntaria parsimonia y dijo:-Es el mejor paisaje que nunca hubiese podido imaginar.

Bernard nunca supo si esa sentencia era fruto de un postrero espejismo senil o de una combinación azarosa de ironías, la del destino climatológico y la de un veterano vividor. Había, sin embargo, una tercera respuesta: esa última visión, o quizás la que el viejo retuvo bajo sus párpados, encerraba, de forma nítida y verdadera, el secreto de todas las imágenes, el elixir de todos los silencios, el molde de todas las formas y la esencia de todos los colores."

Luzien Verneuil, La domesticación del paisaje