exposición
Marc Vilallonga / Petites promeses, grans enganys
del 18 de febrero al 20 de marzo de 2010
 

Érase una vez un príncipe malo,
una bruja hermosa y un pirata honrado
José Agustín Goytisolo

R.L.Stevenson dijo una vez que la más alta aspiración de un escritor debería de ser que una (o al menos una parte de una) de sus obras acabase, con el tiempo, convirtiéndose en un cuento. Un cuento no es nada más que una pequeña historia, a lo mejor incluso real, que a golpe de ser recitada, repetida, copiada, reinterpretada y/o parodiada se acaba transformando en parte de nuestra memoria colectiva. Y es que el cuento posee un par de componentes que lo hacen, quizás, el más atractivo de los géneros literarios. El primero es la oralidad, imprescindible para garantizar el tránsito entre un simple relato escrito o una anécdota vivida u oída a una experiencia común. Los cuentos son de todos, los remotos autores (Andersen, Perrault, los Grimm o Rabelais) consiguen su inmortalidad precisamente cuando se desdibujan entre las voces de abuelas, padres, trovadores y charlatanes de barra de bar.


El otro rasgo radica en el carácter de tránsito que el cuento, intrínsecamente, encierra. Un cuento es una puerta al mundo de los sueños y, por eso, puede permitirse licencias únicamente posibles en la particular lógica de ese mundo. El cuento es el ambigú donde la madre acompaña al niño, cada anochecer, antes de que este atraviese solo las cortinas de terciopelo de la noche. Y es, a su vez, una puerta de retorno, aunque sólo sea por un ratito, al paraíso perdido de la infancia. Dalí, a quien a veces le gustaba suplantar a su Gala en el papel de bruja, decía que sólo había una cosa que odiaba más que a los niños; odiaba a los que pintaban como los niños. Dalí, quien fue tildado, despectivamente también, de “pintor de sueños”, seguramente escondía detrás de sus boutades un deseo, si se quiere freudiano o paranoico-crítico, de poder pintar, como muchos otros artistas desean, con la libertad absoluta con la que lo hace un niño.


Marc Vilallonga, en esta nueva propuesta (la sexta) que nos presenta en La Xina, disfruta de esa libertad creativa utilizando la fotografía manipulada por ordenador con el virtuosismo exquisito de un flautista de Hamelín. “Petites promeses, grans enganys” nos abre los portales a paisajes de gran formato, en los que se hace tangible la sensación de irrealidad de la pesadilla y de la fábula y nos muestra también ventanas, más pequeñas, que acentúan aún más la condición de nexo virtual entre dos mundos que tienen sus imágenes. Y colorín colorado, ¿quien sabe si se ha acabado?