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exposición
Benxamín Álvarez / Un mundo feliz
del 31 de marzo al 21 de mayo de 2011
 
 
“…y, al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación”
Gabriel García Márquez, Blacamán el bueno, vendedor de milagros

Hace cuatro días, Peter Greenaway, con esa pedantería charmant tan inglesa, decía que el documental es un género arrogante porque pretende dar una interpretación objetiva de lo real. Hace cuatro décadas, Jean-Luc Godard, que también tenía sentencias para todo, opinaba, contrariamente, que era imposible hacer una película puramente de ficción, ya que al estar realizada por unas personas y en un contexto y un tiempo determinados, no era otra cosa sino un documental. Cineastas coetáneos y posteriores seguirían este rastro: el Realismp ontológico de la Nouvelle Vague, el Cinema verité de John Cassavettes, el cine-aventura de Werner Herzog o el Dogma de Lars Von Trier, hasta llegar a tergiversar y agotar la fórmula con el “falso documental”, como el reciente “I’m still here” de Phoenix y Affleck.

Hace cuatro años, Nicolas Borriaud, siguiendo caminos paralelos afirmaba que el formato documental, es decir, “dar noticias del mundo”, se satisface más y mejor, hoy por hoy, en las galerías de arte que en les salas de cine. Según el curator y polemista francés, es al arte contemporáneo actual a quien toca esencialmente cumplir con este programa. Hace cuatro semanas, el escultor Jaume Plensa, al otro lado de la calle, postulaba que el deber fundamental de un artista es crear belleza. Benxamín Álvarez, tal como ya nos ha demostrado en montajes anteriores en La Xina A.R.T. (“Humo” y “Ostentación de la riqueza, contemplación de la pobreza”), sabe moverse con la inquietante desenvoltura del funámbulo por el fino camino de hilo de que transita entre el compromiso social más firme y la poética más tierna.

Hace exactamente cuatro siglos que William Shakespeare presentó “La tempestad”, unos de sus versos serían el título, en 1932, de la mítica novela “Brave new world” de Aldous Huxley, aquí conocida como “Un mundo feliz”. Hace 44 años que se estrenó “Forbidden planet”, inspirada ligeramente en la susodicha pieza teatral. Su protagonista, el doctor Morbius, recrea todo un mundo nuevo y utópico gracias a un ingenio curiosamente llamado “Educador plástico”, el cual permite transformar la energía mental en materia (más o menos como lo hacen los escultores). Pero esta realidad idílica, por la que pululan cervatillos, simpáticos robots y chicas con minifalda, y tal como cabía esperar, esconde otra de terrible.

No hace falta caer en la simplicidad del panfleto, pero sí recurrir a la sabia sencillez de la mirada de un niño, para hacernos ver el autentico traje del emperador con el que se nos quiere representar, con exagerada teatralidad, una realidad artificiosamente feliz y ridículamente autocomplaciente. Benxamín Álvarez la desnudará en este nuevo proyecto con su visión crítica (sutilmente difuminada por el humor y la melancolía que suelen impregnar toda su obra) de un mundo presente que parece empecinado (como un robot payaso) en cumplir los peores vaticinios de la novela de Huxley.