pequeño conflicto vecinal
exposición
Xesco Mercé / Els monstres de Frankenstein
del 3 de febrero al 26 de marzo de 2011
 
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“¿Existe acaso algo más bello que la vida?
La belleza y la vida tienen exactamente la misma composición”
Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo

Alguien dijo que el primer obstáculo que se encontró la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein para conseguir la plena y deseada condición humana era no tener un nombre propio. Una de las prácticas más habituales (y quién sabe si quizás consustancial) del hecho creativo ha tenido todo un abanico de ellos: Homenaje, imitación, remake, cita, relectura, versión, escuela, interpretación, asimilación, usucapión, guiño, parodia, pastiche, collage, apropiacionismo, copia o fusilamiento.

Si bien las influyentes vanguardias de principio del siglo pasado fundamentaban su razón de ser precisamente en la diferencia, o directamente en la contradicción, respecto al ismo anterior, es bien cierto también que, a lo largo de su mucha más longeva historia, el arte ha tributado un reconocimiento explícito a los logros plásticos y conceptuales precedentes. No se ha hecho, a lo mejor, tanto para buscar la comodidad del continuismo si no para agradecer el presente de unos billetes de embarque hacia el futuro o la llave maestra para abrir puertas antes sospechadas.

El arte no bebería ser nunca conservador. Aquel que se basa en la repetición cae irremediablemente en el amaneramiento petulante o en la academia bobalicona y pierde, de forma dramática y ridícula, como un personaje romántico estereotipado, toda su propia esencia. El arte se basa en el cambio y este necesita una naturaleza previa para poder transmutarla en otra posterior y nueva (al menos por un tiempo). Y para refrescar el tópico que dice que el artista pinta siempre el mismo cuadro, se le atribuye a Picasso, como tantas otras cosas, la frase “Los cuadros no se acaban nunca, en todo caso se abandonan. Al fin y al cabo, una original reinterpretación.

Fue este genial pintor quien hizo gala y vindicación, de forma, como siempre en él, tan prolífica como obsesiva, de las revisiones de obras maestra de maestros anteriores (Velázquez, Goya, Ingres, Manet, Degas) y, como todo lo que tocaba este Midas de ojos grandes y camiseta rayada, lo convertía automáticamente en standard (justo al mismo tiempo que para él perdía todo interés). Podría hablarse, sin miedo a la redundancia, de metalenguaje, que la Postmodernidad convirtió en la más innovadora de las formas de creación. A un revoltillo de citas cinéfilas, versos de maldito, argot paracientífico, un pelín de filosofía a contrapelo, un polvillo de música new age y un pensamiento de kétchup se le denominaba deconstrucción.

Xesco Mercé nos presenta hoy, en La Xina A.R.T., un poético, tragicómico, brutal y enésimo último intento de salvar la pintura y tota la genérica que comporta (con la carga épica y ética que sólo poseen las causas perdidas), enfrente de un arte contemporáneo plástico, escurridizo, epidérmico, anecdóticamente ocurrente y de mercantilidad espumosa. El artista leridano, con drástica sutura, agrupa todos sus registros precedentes (la sutilidad de la pintura, la fragilidad de la instalación o la física dura de la escultura) con cacerías, bodegones y marinas rescatados de los contenedores del olvido y revividos ahora como nuevas y bellas criaturas.