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dansa macabra
exposición

La Dansa Macabra / Benjamí Tous, Eleazar y Toni Clos
del 27 de octubre al 3 de diciembre de 2011

 
 

El guionista cinematográfico Paul Schrader, para ilustrar poéticamente un comentario para un documental panegírico sobre el director Sam Peckinpah, dijo: “A los artistas se les paga, básicamente, por bailar al borde del precipicio. Y tanto más graciosamente lo hagas, tanto más cerca del abismo estés, más te pagan. Así pues el baile adquiere una naturaleza autodestructiva. Ya seas torero, piloto de carreras o lo que sea, sabes que te pagan por ser autodestructivo. Y es parte de tu atractivo”.

Cada artista elige como hacerlo, si quiere. Los hay que se acercan tanto al borde que acaban cayendo, con la oreja envuelta en un pañuelo, succionados por el émbolo de una jeringa o absorbidos por el horizonte tempestuoso del culo de una botella. Los hay que prefieren la seguridad de una coreografía amable o de un estilo reconocible y acaben relamiendo incansablemente el mismo cuadro dominical, pintando los mismos cromos o trabajando en algún oficio más serio. En medio de la temeridad y la cobardía hay una telaraña imprevisible de recorridos de pasos de baile de un enjambre de artistas que quieren seguir siéndolo.

Esta exposición, que tiene voluntad itinerante (ya se ha presentado, este verano, a la galería “El arte de lo imposible” de Gijón) ha reunido a tres creadores que quieren contrastar sus particulares iconografías. “La dansa macabra” entronca con las diversas tradiciones del misterio de la muerte, sobretodo a partir de la Baja Edad Media. El recordatorio moralista de las danzas originales, que nos dice que todos hemos de morir, es transformado por los tres autores, cada uno a su manera, que subscriben aquello de “viviré eternamente o moriré en el intento”, coincidentes en la idea que somos eternos mientras no morimos.

A pesar de que nadie quiere irse, las obras de Benjamí Tous, Eleazar y Toni Clos nos invitan a contemplar el poder igualador de la muerte como un revulsivo para disfrutar de los placeres terrenales mientras dure la vida. Las pinturas son, pues, un canto a la verdad y muestran que la muerte arrastra a todos a la fiesta a través de una danza que lleva a la tumba. La iconografía de las calaveras bailando pretende transmitir que la vida es corta y que como ya sabemos el final, hay que aprovechar cada día para vivir el momento. Memento mori, vanitas vanitatum, gaudeamus igitur, tempus fugit, son textos que se enmarcan en las pinturas para construir un mural de luz y color que rompe con la herencia de la época medieval para convertirse en un canto a la vida: Amor vincit omnia.