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exposición

La Xina interior / La Xina A.R.T.
18, 19 y 20 de mayo de 2012

 
 

Si hacemos caso del siempre ponderado parecer del filósofo Josep Ramoneda, el arte que requiere excesivas explicaciones despierta idéntica cantidad de sospechas. Ya es tan conocido como compartido que el arte contemporáneo ha estado, quizás durante más tiempo del que hubiese sido menester, acompañado por una literatura tan pedantemente críptica como innecesaria. Todo arte que necesite un manual de instrucciones que precise de una o dos vidas para ser descifrado, salvo que se trate de una boutade neo-dadá, éste pierde, tras la muralla inexpugnable de fotocopias que le precede, muchos grados en la escala de interés.

Pero, ya se sabe, el arte (y toda la curiosa fauna que lo conforma y vehicula  el errático y débil vínculo entre el artista y el público: curadores, críticos, comisarios, galeristas, mecenas, coleccionistas, historiadores, vendedores de pintura, agentes culturales, consejos de sabios, consejeros, ediles y funcionarios de cultura, sponsors, representantes, inversores, falsificadores, biógrafos, turistas, amigos y familiares) es intrínsecamente contradictorio y, por ende, siempre sorprendente. Por alguna ignota razón, y no conformes con preguntarse perpetuamente por qué se dedican a eso que hacen, los artistas, inducidos por presiones coyunturales (llamémoslas mercado, moda, tendencia) o por bajas pasiones intemporales (vanidad, exhibicionismo) se han complacido en mostrar sus interioridades, más allá de lo que la propia obra ya deja entrever.

En el mundo del cine, por ejemplo, puede que en la vertiente más alejada del hecho creativo, vale decirlo, se ha creado un nuevo género, el making off, una perversión degenerativa de aquel humilde, sugerente y nunca suficientemente reconocido subgénero conocido como trailer. Aquel no solamente nos explica el planteamiento, el nudo y el desenlace de la película en cuestión, en orden caótico y sincopado estrictamente godardiano, sino que añade un rosario de detalles, chismorreos y otras banalidades hiperinformativas que satisfacen todas las curiosidades que quieran conocerse acerca del proceso creativo a la vez que hacen perder cualquier interés por ver el film en un futuro inmediato.

Desde que Courbet nos pinyó “L’atelier du peintre" (rechazado por la academia y padre simbólico del futuro “Salon des refusées") hasta ahora, cada artista ha mostrado el interior de su particular cocina del inferno, algunas impolutas como quirófanos, otras pozos de porquería diogénica y proverbial. Nos han enseñado los rincones donde fuman las modelos, donde curiosean los amigos con dinero del marchant, donde se tumba el perro, donde se amontonan las botellas, donde llora la soledad, donde gimen las amantes, donde se atisba la revolución y donde se gesta la belleza.

En La Xina, faltaría más, aprovechando la celebración de Tallers Oberts del barrio y la ciudad entera, no podíamos quedar al margen de este hecho concreto ni de la historia y hemos escogido un título con reminiscencias de épica exploración para mostraros el trabajo más fresco que tenemos en capilla.