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exposición
"Barroc'n'roll" / Xesco Mercé
del 27 de Abril al 8 de Junio de 2013
 
 

La polisemia es quizás la particularidad más interesante (y, en cierto modo, más lógica) del concepto "Barroco". La más extendida y desafortunada de sus múltiples definiciones es la que le identifica con todo lo exagerado, recargado y abotargante. Una primera acepción de esta entrada, más grotesca y chabacana, equipara el término directamente con el "kitsch". En una segunda, algo más intelectualizada, se confunde con otro adjetivo, "kafkiano", que tampoco hace excesiva justicia al portentoso escritor epónimo. Si nos remitimos al ámbito exclusivo de la Historia o, más exhaustivamente, al de la Historia del Arte, además de las consabidas calificaciones reduccionistas (que dudan entre ubicarlo entre el Renacimiento y el Neoclasicismo o entre el Manierismo y el Rococó), encontramos otras, de objetivo más abierto, que sostienen que todos los estilos de cualquier época pueden identificarse, de alguna manera, con alguno de los dos polos de la dicotomía Clasicismo-Barroco (Wölffin), traducida por Hausser, más o menos, como Razón-Instinto.

Eugeni d'Ors, que, de vez en cuando, daba en el clavo, hizo un pastiche entre las teorías wolffinianas y las de Nietzsche para afirmar que en el desarrollo de cualquier estilo o civilización se observan, invariablemente, tres constantes históricas o estadios (arcaico, clásico y barroco). No sorprende mucho, sin embargo, que la definición más precisa, sintética y brillante la dejase dicha Borges en el segundo prólogo de su Historia universal de la infamia: "Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura. Yo diría que es barroca la etapa final de todo arte, cuando éste exhibe y dilapida sus medios". Todas estas calidoscópicas visiones coinciden en atribuir al Barroco un carácter de fin de fiesta, de fin de ciclo, de fin, a secas. Las diversas manifestaciones de barroquismo suelen aparecer en épocas de crisis de pensamiento y de crisis económica (como ahora que, obsoleta la Posmodernidad, ya sólo nos falta finiquitar al Turbocapitalismo). Pero también, en todas estas interpretaciones podemos ver (pues el Barroco, en principio, es visceralmente optimista) no un telón sino el ambigú de un nuevo escenario cultural y social.

"Rock'n'roll," amén de ser (Jarmush dixit) "la música que Elvis copió (como pudo) de los negros", posee un par de significados extra-musicales suficientemente atractivos. El nuevo cine negro ibérico ha hecho de esta palabra la sustituta necesaria de la arcaica "Eureka" y de la hortera "Bingo". La expresión "Aquí lo que hay es mucho Rock'n'rol" connota la joie de vivre que irradian el descontrol y la velocidad vital. No en vano, el término ha formado parte de la tríada existencial de una generación con marcada vocación autodestructiva. Pero es también indudable que "Rock'n'roll" significa juventud, electricidad o revuelta. Si bien cuando se han asociado las dos palabras ("barroco" y "r'n'r") ha sido para catalogar variantes del rock más experimental (ya sea lisérgico, glam o sinfónico), Xesco Mercé ha querido ver en este cóctel la capacidad regenerativa consubstancial al arte (y, por ende, al hombre) que tan bien resume el séptimo y definitivo nombre de un mítico conjunto de rock mexicano, que era toda una declaración de intenciones: "Los pájaros Fénix de Arizona".

"Barroc'n'roll" pretende completar una trilogía iniciada con la exposición "L'âge d'or" (2009) y continuada por "Els monstres de Frankenstein" (2011), las cuales, quizás involuntariamente, podrían corresponderse perfectamente con los tres estadios d'orsianos antes citados. Cada una de las partes de éste tríptico comparten la utilización de cuadros viejos entendidos como fondo y base de trabajo y los materiales reciclados como material de collage y ensamblaje básicos, con mínimas intervenciones pictóricas y gráficas. "Barroc'n'roll" se compone de un gran mural políptico (5x2 m), de lenta e intricada factura, casi como la propia trilogía o como una pieza de Bach, y de más de un centenar de obras de pequeño formato, con indisimulada vocación de asumir la urgencia y las virtudes y defectos de las canciones de dos minutos y medio: la espontaneidad, la ingenuidad y la poca vergüenza. En definitiva, la sonora contracción que da título a esta propuesta quiere ser una celebración de la catarsis, y una demostración de que la última nota de una fuga no es más que la semilla negra de todos los frutos que aparecerán en una nueva canción: A-wop-bop-a-loo-bop-a-lop-bam-boo!