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exposición
"Seny, mil, un milió..." (El Basar del Xino, 8ª edició) / Benxamín Álvarez, David Tarancón, José A. Troya, Marc Vilallonga, Toni Clos y Xesco Mercé
del 22 de diciembre de 2012 al 9 de febrero de 2013
 
 
Algunos han querido ver la Publicidad como una expresión razonable y rentable de lo que llamamos Arte. Ambos adjetivos, en este caso, se complementan e, incluso, acaban confundiéndose. El Arte es más comprensible, más cercano al espectador, y al mismo tiempo produce, directa e indirectamente, dinero. O quizás se debe interpretar la cosa al revés, es decir, las formas de Arte que dan beneficios materiales palpables se comprenden mejor. Se desconoce cuál de las dos acepciones produciría más tristeza espiritual a René Magritte. El simpático surrealista belga (que, hay que recordarlo, es uno de los pintores a los que la publicidad ha copiado, o mal copiado, con más profusión y menos vergüenza) es el lúcido autor de la sentencia "El Arte no sirve para nada, esto lo hace absolutamente imprescindible".

Por el contrario, la utilidad de la Publicidad es obvia y consustancial a su función principal: vender. Pero a pesar de este tan poco poético fin, es innegable la influencia recíproca entre estos dos mundos, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, tal como magistralmente han expresado, de forma tan diferente como efectiva, los reflexivos estudios de Juan Carlos Pérez Gáuli, por ejemplo, o el arrebato voraz de Salvador Dalí, enloquecido por el chocolate Lanvin. Las imágenes publicitarias con el paso de los años pierden su función, dejan de ser reclamos y adquieren una función exclusivamente icónica, tal como el Arte Pop nos ha repetido con insistencia de spot televisivo. Desde el otro lado, son muchos los ejemplos de artistas que se sirven de estrategias propias de la publicidad para desarrollar su trabajo artístico o, directamente, hacer de estas su medio expresivo y sello personal (Dalí -de nuevo-, Warhol -again-, Koons, Hirst y otros vendedores de almas).

Tanto en unos casos como en otros no podemos dejar de tener una extraña e inquietante sensación: cuando la belleza se pone al servicio de oscuros designios, lo hace, muchas veces, en proporcionalidad directa. Es decir, cuanto más perverso es el fin, menos duda en adquirir la más preciosa de las apariencias. No menos inquietante y atractiva es la actitud que aquellos que son considerados artistas u hombres de cultura (lo que antes se llamaba "intelectualidad") adoptan en estas situaciones y tentaciones. Es por ello que, para celebrar la octava edición del Basar del Xino y profundizar en este interesante debate, los miembros de La Xina A.R.T., ávidos de saber y escrupulosos como el antropólogo o el detective, han preparado "Seny, mil, un milió…". Un montaje explícitamente inspirado en una conocida y aleccionadora campaña publicitaria protagonizada por la que se supone que es la flor y nata de la cultura oficial de un pequeño país, del cual es humilde servidor así como de la entidad financiera que paga la fiesta en particular y de nuestro nunca justamente publicidad Neocapitalismo en general. Quizás más cercano a Charles Dickens que a Frank Cappra, pero genuino espíritu navideño, a fin de cuentas.