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exposición

NO SE PUEDE MIRAR
Benxamín Álvarez

del 30 de abril al 11 de junio de 2016

 
 

"No se puede ser tan pretencioso como para creer que poner un título a un cuadro sirve para explicarlo. Eso es tanto absurdo como imposible. Poner un título sirve para certificar su misterio: El misterio de la creación". Con intenciones menos lúdicas que las de Magritte (siempre suculento creando citas), pero con evidente y acertada voluntad polisémica, Goya tituló uno de sus aguafuertes más crudos, de la serie "Los desastres de la guerra", con el título que ahora Benxamín Álvarez ha tomado para poner epígrafe a todo este montaje: "No se puede mirar”.

No pueden mirar las víctimas a sus verdugos (apenas asomados por la derecha del grabado), ocultándose de forma tan dramática como inútil, bajo la ropa o tapándose la cara con las palmas de la mano como lo haría un niño pequeño. Como lo harán otras víctimas en posteriores batallas sin épica: guernikas, vietnams o palmiras. Pintados, fotografiados, filmados o reales.

No lo podemos mirar los espectadores: Goya nos advierte de lo que se acontecerá irremediablemente y que nos revolverá el alma y las tripas si no bajamos la mirada en el último momento y sucumbimos, como el Kurtz de Conrad, a la atracción malsana de la horror. Un horror que ahora Internet repite hasta la saciedad, hasta conseguir aturdir o atrofiar cualquier tipo de sensibilidad.

Una tercera acepción se refiere a la prohibición de ver según qué cosas. Parece tan absurdo como imposible (de nuevo), que el Poder, aquel monstruo abstracto que se intuye detrás del escorzo las bayonetas o la bidimensionalidad de los escudos de antidisturbios, todavía se empeñe en intentar ocultar y censurar imágenes (consciente como es de su viral poder catártico), en un mundo absolutamente hipericónico como es el nuestro, lleno de cámaras y pantallas, inocentes o maliciosas, por todas partes.

Un mítico grupo gallego profetizó (con un vigencia sorprendente) que venían malos tiempos para la lírica. Situaciones como la actual cada artista las ha encarado como ha podido: desde la rabia panfletaria al autoexilio en íntimas cosmogonías, desde la militancia en la diletancia. Ahora parece que estamos en una época aún demasiado cercana a la corrección política y a esteticismos asépticos o, mucho más aterrador y falaz, al arte pseudosocial que se presenta en las Bienales. Pero todavía hay artistas, como en Benxa, que miran y nos hacen mirar de verdad.

Benxamín Álvarez, después de haber hecho montón de proyectos anteriores de obra sobre papel (de la que también tenemos buena representación en esta muestra), vuelve a trabajar en el medio donde más manifiestamente se percibe su poética salvaje: la escultura. Dos piezas de gran formato sirven de ejemplo: una gran barca llena de mantas y una obra monumental de tierra, en irónico homenaje a esta Europa rancia y abyecta que pretende taparse la cara, como lo haría un niño pequeño, con olas de sal roja o de alambre de espino. Por no querer mirar.