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exposició

Còrpora / XY
Francesc Roig - Antonio Luque

del 21 de septiembre al 19 de octubre de 2019

 
 

CÒRPORA / Francesc Roig

Francesc Roig - Corpora.



He vivido el proceso de creación de las piezas que conforman "Còrpora"; como se iban desarrollando cada una de ellas, el descubrimiento o reencuentro con los materiales, las relaciones de equilibrio, las tensiones, los elementos recurrentes, los mensajes encerrados, la poética pictórica.

Hay una emoción circunspecta en la obra de Francesc Roig que impregna el aire circundante de cada obra, dando una narratividad al conjunto donde es muy difícil mantenernos ajenos; evocación voluptuosa y carnal del yo y el otro, sin artificios, mínima y sobrecogedora que nos penetra, acercándonos a un punto de no retorno, vértigo, luz y túnel.

Ante "Còrpora" nos convertimos en sombras de voyeurs caminando por un umbráculo, encontrando entre palmas y helechos fragmentos de cuerpos que nos invitan a penetrar en la espesura controlada del invernadero. Más allá, la ciudad sigue respirando forzada, tísica.

Antonio Luque



Antonio Luque - XY .


Los hombres de los mil cuerpos y sus efectos en el fluir de los días. 
XY (Double Glicht y Máquinas)


En "XY", intento meditar sobre la masculinidad fuera del mundo del patriarcado, considerando las piezas como una obra de género, creando una estructura a través de unos entornos sugerentes, que nos transportan al propio hecho LGTBI, evitando lo explícito y estructurando las diferentes sensaciones que se producen en su visionado. 

"Double Glitch" (24 impresiones dobles en papel japonés DIN4 y 2 libretas). En "Double Glitch" me remito a la facilidad que tenemos los humanos para crear, a partir de algunas imágenes más o menos sugerentes una historia que bien nos sea propicia o, nos sea fácil adaptarla a nuestro bagaje cultural. ¿Podemos estar seguros de que lo que vemos es lo que nuestra mente está procesando? O, ¿hemos descifrado un mensaje totalmente erróneo?

"Máquinas" (Video 33' 21'). Hombres diferentes realizando los mismos movimientos, superpuestos, ralentizados. 33 bucles de movimientos repetitivos, enlazados. "Máquinas" es un ejercicio poético sobre lo que es nuestro cuerpo, nuestras sensaciones, la repetición de nuestros gestos, de nuestro día a día.

Antonio Luque



Siempre sorprenden los fotogramas congelados de una película, porqué la función del cine es la narración en el transcurso del tiempo. Las instantáneas tomadas de la ficción fílmica nos hacen dudar del tipo de "medio" que ha elegido el artista para presentar su obra. Pero lo mejor de todo, es descubrir la intensidad visual y poética que se oculta en la atemporalidad. Nos deja de interesar lo que acontece ahora y lo que viene después. La imagen estática nos invita a utilizar la contemplación a nuestra manera: mucho, poco o nada. Es el tiempo manipulado por el espectador para sentir una emoción única y personal.

El fotograma reutilizado y aislado rechaza el soporte narrativo del cine tradicional, y recurre a los recursos formales experimentales, tan habituales en la década de los 60 y 70 del siglo pasado: cambios de velocidad, dobles o múltiples acciones, saltos de escala, montajes a base de insertos, planos sorprendentes e inesperados, planos desenfocados, juegos visuales, etc. Imágenes obsesivas y lúdicas que expresan la ficción de lo real y de los pactos sociales, y en definitiva, las infinitas posibilidades de las imágenes que muestran las mil caras de los símbolos sociales y políticos que existen y deben existir, a pesar de los parámetros totalitarios impuestos sobre la vida y las relaciones entre los cuerpos. 

En la década de 1970 el cine pornográfico era un tema recurrente en algunos ensayos intelectuales, por su tendencia al experimento visual, y la búsqueda de algunos directores de dotar a este género cinematográfico de cierto acabado artístico. Muchas veces, se buscaba una cierta narrativa antes de llegar a la tensión sexual, que es lo mismo que acontece en cualquier película que contenga escenas de sexo, sea del género que sea. La década no llegó nunca tan lejos en el experimento exquisito de algunos videoclips, como el dirigido por Jonas Ackerlund en 1998 para The Prodigy, que en 22 segundos y 29 planos, realiza una serie de transiciones con cámara subjetiva de lo más experimental sobre los cuerpos de los amantes (heterosexuales), donde por supuesto, todas las imágenes están centradas en el cuerpo de la mujer. Tampoco la pornografía "setentera" gozaba de los altos presupuestos de la industria musical, y mucho menos cuando los protagonistas rompían las barreras de las relaciones de género establecidas. 

En la época donde todo es "post" de alguna cosa, se aprende de todo y se incluye todo. Todo el arte actual bebe de las fuentes de la cultura de los sesenta y setenta del siglo XX. 

Los fotogramas utilizados en "Double Glitch" son la mayoría de films pornográficos de la década de los setenta con un acabado muy casero, cosa que ayuda a dotarlos visualmente de un "aura" experimental. Las imágenes son presentadas en una instalación volátil sobre un papel que denota fragilidad. Esta puesta en escena transmite el concepto de la sexualidad sin el rol de dominador y dominada implícito en las relaciones heterosexuales. Son hombres que aman a otros hombres en un mundo de iguales. No hay imágenes de sexo explícito, pero respiran un erotismo que transciende a los cuerpos, por el entorno nocturno donde se hallan, y que posee todos los códigos simbólicos de la ciudad del "film noir", con sus callejones mal iluminados como espacios de transgresión. 

Las dos piezas beben de los códigos visuales del cine. Son ante todo en la forma, un ejercicio de montaje poco convencional. Por un lado "Double Glitch", te invita a realizar un recorrido a través de la sobreabundancia de fotogramas, para entrar en esa atmósfera asfixiante y oculta de las imágenes, que no han perdido, a pesar de su fragmentación, una cierta narrativa cinematográfica. Y por otro, "Máquinas" alude a la mecánica de la edición del vídeo y a la de los movimientos de sus protagonistas. 33 minutos y 21 segundos de las imágenes de hombres que realizan gestos intrascendentes y rutinarios, que al igual que la máquina enloquecida que representan, persistirán hasta el final del tiempo, o hasta que te canses de mirarlos o caigas irremediablemente extasiado en el bucle de la repetición. 

Lídia Porcar